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Laura Freixas

La Vanguardia, 2-1-26

¡POR FIN SOLA!

¡Por fin sola! (Enfin seule!) se titula un libro francés reciente, del que dice la contraportada: “Las mujeres han tardado siglos en conquistar el derecho de estar solas, de liberarse de la vigilancia del padre, del marido, de la sociedad. Hoy, por fin, pueden. Pero su soledad sigue estando mal vista. Incluso por ellas mismas, que a menudo la viven como un sufrimiento o un fracaso. Mezclando análisis histórico y relato personal, Lauren Bastide nos invita a cambiar nuestra mirada sobre esas mujeres que no necesitan a nadie… o por lo menos, lo intentan”.

¿Nos suena…? Y tanto que nos suena. Hace ya casi treinta años, Carmen Alborch dio la campanada con un libro que marcó a una generación: Solas (1999), que contenía el mismo mensaje; y entre tanto, ha habido muchos más, como el best-seller de Kate Bolick Solteronas (2015). ¿Cómo explicar esa repetición? ¿Nos hemos quedado estancadas, sin ir adelante ni atrás? Por curiosidad, investigo un poco. Y aun limitándome a los tres últimos meses, me aparecen montones de cosas. Por ejemplo:

Un artículo de The New York Times, “Razones para poner punto final a un matrimonio largo y, en general, bueno” que se ha hecho viral. Me recuerda una novela noruega que leí hace poco, Una familia moderna, que cuenta más o menos lo mismo: tras décadas de convivir sin grandes problemas y con tres hijos, una mujer y un hombre septuagenarios deciden separarse, solo para conocer otros modos de vida.

Otro artículo viral: “Tener novio ¿se ha vuelto algo embarazoso?”, publicado en Vogue. Al parecer, si a una influencer sin pareja (o que, si la tiene, no la muestra en las redes sociales) se le ocurre presentar a un novio, su público cae en picado. Le pasó a una tal “Z”, una china con once millones de seguidores: puso un post en el que salía con un señor y anunciaba su embarazo, y de los once, de la noche a la mañana, perdió cuatro.

Por su parte, The Free Press se pregunta: “¿Ha dejado de ser una tragedia el divorcio?”. Antes, recuerda, “era algo grave y triste…”, pero ya no. Ahora hay quien lo celebra: lo vemos en algunas películas (Mi fiesta de divorcio, de Hughes W. Thompson, 2019, Volveréis, de Jonás Trueba, 2024…) y hasta hay empresas especializadas en organizar divertidos y alegres “funerales del matrimonio”.

Todo esto, en realidad, no es sorprendente. Como explica Almudena Hernando en un ensayo fundamental, La fantasía de la individualidad (2018), la modernidad conlleva individualización. Algo que sin embargo les resulta difícil a las mujeres, a las que se nos pide “ser para los otros”. Para nosotras, la individualidad es toda una conquista. No es casual que Solas se publicara pocos años después de Cómo ser mujer y no morir en el intento (Carmen Rico-Godoy, 1991), un libro que denunciaba, aunque fuera con humor, la servidumbre que la pareja o familia tradicional impone a la parte femenina.

Pero la pregunta, ahora, es: desde aquí, ¿adónde vamos? ¿Qué futuro, no digo “nos espera”, porque el porvenir no es algo que exista y simplemente se aproxime, sino que depende de nosotras y nosotros; qué futuro queremos? Quizá (sé que me aventuro en terreno resbaladizo) mujeres y hombres, pero sobre todo mujeres -porque en nosotras es un proceso más deliberado, y con un precio más alto-, tenemos la vista tan fija en la libertad y la autenticidad, que olvidamos todo lo bueno de la relación entre personas. La compañía, la ayuda, el compromiso…

A mí me ha influido mucho, no lo niego, una experiencia personal. De joven, y como feminista, estaba convencida de la necesidad de abolir la familia. Pero resultó que, de mayor, adopté -con mi marido de entonces- a un niño, sacándolo de un orfanato. A través de sus ojos he visto lo que supone, en la realidad -no en la abstracción ideológica- no tener, literalmente, familia… En todo caso, el dilema no es entre ir adelante hacia una orgullosa soledad, ni atrás hacia las fórmulas tradicionales, sino que hay muchas cosas a los lados. Desde acogimiento temporal de menores, hasta viviendas colaborativas para jubilarse con amigas y amigos, pasando por diferentes relaciones familiares o todo tipo de asociacionismo.

¿Personas que “no necesitan a nadie”?... Alguien preguntó una vez a la antropóloga Margaret Mead cuál era el primer signo conocido de civilización. ¿Alguna herramienta, como el hacha de sílex? … No, contestó ella: un fémur roto… y curado. Un ser humano que pudo sobrevivir gracias a que otros lo cuidaron. Como todos.

www.laurafreixas.com