|

Laura Freixas
LLa Vanguardia , 12-4-02
LA
REVOLUCIÓN SEXUAL
“¡Seréis todos notarios!” vociferaba,
iracundo, el viejo escritor católico Jouhandeau a los jóvenes
que en mayo del 68 se manifestaban bajo sus ventanas. Pues sí:
veinticinco años después de que fuésemos,
nosotros también, jóvenes manifestantes en los años
gloriosos, hemos de confesarlo: Jouhandeau tenía razón:
somos todos notarios. O profesores, o madres de familia, o novelistas,
que viene a ser lo mismo: hacemos la declaración del IRPF,
compramos ropa en las rebajas y le prohibimos a la niña
que vaya al colegio enseñando el ombligo.
¡Qué
refrescante, entonces, qué bálsamo para nuestro
orgullo, el que alguien piense que no sólo fuimos revolucionarios
dignos de tal nombre, sino que hicimos la revolución, y
que ésta ha dado fruto! ¡Qué alegría
nos produce la noticia de que una institución, y no cualquiera:
una de las más venerables, influyentes, ricas y poderosas
del país, reconozca que hemos dejado huella en la sociedad
española! Cuando creíamos que habíamos hecho
el primo; que habíamos sido unos pardillos, unos ingenuos
e inofensivos revolucionarios de salón, con nuestro Libro
Rojo y nuestro ombligo al aire, con nuestra palabrería
sobre la revolución cultural y la revolución permanente
y la revolución sexual (en los setenta, cuando una no mostraba
demasiado entusiasmo ante la idea de meterse en la cama con el
primero que pasaba, éste, por poco que estuviera al loro,
adoptaba un aire paciente y pedagógico para preguntar:
“Pero tía, ¿tú no has leído
“La revolución sexual” de Wilhelm Reich?”…);
cuando creíamos que también nuestra revolución,
como otra que yo me sé, se había quedado en “revolución
pendiente”, resulta que no: que la hicimos. No lo digo yo,
lo dice la Conferencia Episcopal. Y lo demuestra con una prueba
irrefutable: la violencia doméstica. Pues ésta constituye,
según la Pastoral Familiar que acaban de publicar los señores
obispos, un “fruto amargo de la revolución sexual”.
La relación causa-efecto salta a la vista, pero por si
alguno de esos ingratos que tanto abundan pretendiera negar o
apropiarse nuestros méritos, aquí están los
señores obispos para poner las cosas en su sitio: si hoy,
en España, tantas mujeres son asesinadas, es gracias a
nosotras, las que hicimos la revolución sexual en los setenta.
Ya era hora de que alguien lo reconociera.
Es
más: los señores obispos, con una sagacidad que
nadie hasta ahora había mostrado, han comprendido nuestra
fina estrategia. Pues preocupadas por el ruidoso descontento de
algunas, apenadas al ver a esas ovejas descarriadas reclamando
supuestos derechos que contravienen la ley natural, tales como
cambiar de pareja a lo largo de su vida –bajo el fútil
pretexto de que las circunstancias cambian y las personas cambian-,
algunas de nosotras tuvimos una idea genial: ¿quieren acostarse
con quien les venga en gana? Que lo hagan. Que lo hagan, y vean
cómo entonces pasa lo que pasa: que el marido o novio desdeñado
va y les arrea un guantazo, o un navajazo, o las tira por la ventana;
natural… De este modo hemos logrado lo que siempre fue nuestro
propósito: que las mujeres se enteren de que la libertad
sexual –de ellas- se paga con la vida (la de ellos viene
a costar treinta euros y la cama). Lo que se llama escribir derecho
con renglones torcidos.
La Vanguardia, 9-2-04
|