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Laura Freixas
EL
HARÉN
Lo más interesante de la exposición “Fantasies
de l’harem” - Centre de Cultura Contemporània-
son unas fotos que están en un rincón y pasan desapercibidas
a la mayoría de visitantes. El grueso de la exposición
lo forman hermosos cuadros donde el harén aparece como
un lugar de ensueño, habitado por mujeres bellísimas,
jóvenes, sensuales, en estado de desnudez más o
menos avanzada. Por cierto, quienes los pintaron no habían
puesto nunca los pies en un harén: eran pintores occidentales,
muchos de los cuales ni siquiera habían estado en Oriente…
La visión edénica reinaba, pues, y estábamos
todos tan contentos, especialmente los señores, imaginando
que existe un lugar mirífico donde las mujeres son hermosas
criaturas venidas al mundo con el único fin de satisfacer
las fantasías masculinas, cuando resulta que se inventa
la fotografía, y a un reyezuelo de no sé qué
reino de taifas se le ocurre comprarse una cámara y retratar
a su colección de huríes. Y he aquí que las
huríes en cuestión son una docena de mujeronas cejijuntas,
bigotudas, obesas, con unos inverosímiles vestidos hasta
la rodilla que las hacen parecer quesos de bola y unos calcetinitos
blancos que dejan ver los pelos de las piernas; más que
un harén parece, Dios me perdone, un equipo de fútbol.
En
la autobiografía que acaba de publicar, un filósofo
barcelonés evoca las “magníficas jornadas”
vividas con “dulces compañeras del amor” y
explica: “Ni la retórica tremendista de mis educadores,
que combinaban los miedos a las penas eternas del infierno con
los mucho más reales temores a infecciones mortales o veniales,
ni tampoco la nueva retórica “progresista”
que fue sustituyendo a la anterior sin perder en cambio toda suerte
de coartadas para la pudibundez más pacata me hicieron
desistir (…) de ese vicio común e inconfesable de
muchos humanos”. Cuánta razón tiene: ¡abajo
la pudibundez y la pacatería! ¡vivan la libertad
y el placer!…. Pues ¿qué mayor libertad puede
imaginarse que la de vivir día y noche en un club de carretera,
amenazada por las mafias y entregando la mitad de lo que se gana
al dueño? ¿Y qué mayor placer que dejarse
manosear por el primer desconocido que entre por la puerta, sea
joven o viejo, guapo o feo, limpio o sucio, sano o enfermo y con
un poco de suerte, violento o drogadicto?…
¿No
será que al señor filósofo le sucede lo mismo
que a los pintores de harenes: que no ve lo que hay sino lo que
le gustaría o le conviene?… Donde los demás,
cuando pasamos por una calle de putas, vemos miseria y degradación,
nuestro filósofo ve amor y dulzura; donde los demás
vemos mujeres explotadas y humilladas él ve “compañeras”;
donde él -¡oh enternecedor eufemismo!- escribe “humanos”,
nosotros vemos sólo varones, que abusando de la superioridad
que da el dinero, están dispuestos a ejercer de progres
sólo a condición de no tener que renunciar a ninguno
de sus privilegios; donde él ve una profesión estupenda,
toda compañerismo y dulzura, nosotros nos permitimos preguntarnos
si se la recomendaría a su hija. Debe ser que al igual
que el reyezuelo fotógrafo, somos unos ignorantes, capaces
sólo de registrar lo que salta a la vista, porque no tenemos
ni idea de arte; sí, debe ser que no entendemos de filosofía.
La Vanguardia, 28-4-03
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