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Laura
Freixas
La Vanguardia , 14-02-05
LAS CHICAS DE AMENÁBAR
La portada salió hace un par de semanas. Era una foto a todo color de tres actrices, las tres guapísimas, naturalmente, las tres delgadas, las tres rubias, las tres de ojos azules, las tres de amplias sonrisas, felices y abrazadas, bajo el título “Las chicas de Amenábar”.
A los veinte años, una portada así nos habría parecido la imagen de eso maravilloso, lejano, seguramente inalcanzable, que se llama el éxito, y que nos imaginábamos como una fiesta perpetua, un mundo de glamour y lentejuelas todo donde todos son guapos, elegantes, con talento, y todo les sale bien a la primera, se hacen ricos y famosos, los fotógrafos se pelean por fotografiarles y los periódicos por sacarles en portada...
A los treinta, ya comulgábamos un poco menos con ruedas de molino. ¿Guapos? Hombre, con docenas de maquilladores, peluqueros y fotógrafos de esos que saben colocar los focos para disimular las arrugas, cualquiera sale guapo. ¿Elegantes? ¿Y cómo podrían no serlo gastando tanto en ropa? (es cierto que algunos lo consiguen, pero son superdotados, como Ivana Trump). ¿Talento? Sí, pero también mucho trabajo, y dudas, y equivocaciones, y quizá no más talento que el de al lado, aunque a la sociedad en que vivimos –representada estos días por la Academia de Cine- le encante otorgar triunfos absolutos, apoteósicos, cosa siempre más agradecida y resultona que eso tan aburrido de repartir y matizar. ¿Éxito? Sin duda, pero ¿cómo lo viven los interesados? ¿Tienen la sensación de algo justo, que responde a sus intenciones y a su obra? ¿O de un malentendido? ¿Y qué tal andan de budismo zen para encarar lo siguiente que les toque: después de un éxito apoteósico, un fracaso apoteósico, por ejemplo?
A los cuarenta, ya nos sentimos gato viejo y con el colmillo retorcido. Suele decir Manuel Vicent que de los libros que ocupan las mesas de las librerías chorrea sangre. A los cuarenta años, ya lo sabemos: trátese de libros o de cualquier otra cosa, ya podemos perfectamente adivinar cuántas súplicas, venganzas, amenazas, telefonazos a gritos, malas artes, componendas, broncas, chantajes, dentelladas… hay detrás de esos rostros felices, de esas sonrisas eufóricas perpetuas que desfilan por pantallas y portadas. Ya sabemos que el éxito es muy bonito, cuando lo es, pero que hay un larguísimo antes –raro es el vencedor que no ha hecho su travesía del desierto- y un después que puede ser amargo. Que se lo pregunten a Almodóvar. Aunque ahora que ronda los cincuenta, ya tiene que saber que si a todo Almodóvar le llega su Amenábar, a todo Amenábar le llegará también su Como-se-llame la futura estrella del cine español, que ahora está durmiendo en un moisés. El cual se llama así porque en un cesto parecido arrojaron al río a un tal Moisés, como a muchos otros niños de la Antigüedad o la leyenda, para evitar que sustituyeran a sus papás en el poder (eso cuando no usaban métodos más expeditivos, como Herodes).
Por cierto y hablando de todo, ¿para cuándo una portada a todo color con tres actores muy sonrientes y abrazados, llamados no por sus nombres, sino familiarmente “chicos” -“Los chicos de Bollaín”, por ejemplo-, y en páginas interiores, una sesuda entrevista con la directora, en singular y usando para dirigirse a ella su apellido?
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